En soledad bajamos, llegamos al pueblo y nos acomodamos para descansar durante dos jornadas, nos tocó un domingo, el poblado; despoblado, casi todos los habitantes del lugar se habían ido a una feria a unos cien kilómetros. Laura bordaba y yo pensaba ya que algunas de nuestras cosas estaban con llave dentro de un deposito, así sentados en medio de una plaza, que en poco se diferenciaba de la calle y esta del paisaje circundante, silencio y más silencio y remolinos que elevan tierra hacia el cielo, y nosotros tejiendo esperanzas, mirando al Sajama, al cielo y de vuelta a realidad de aquella plaza tan solitaria en la intersección exacta del desierto y el hastío.
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